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Convertirnos y darnos cuenta | Por Fernando Casal

No hay un mejor pregón del tiempo que se avecina que los pequeños signos que nos acomodan la memoria y nos agitan el interior. El pasado Miércoles de Ceniza cuando veníamos de Santiago de rendir pleitesía y poner el reloj en hora ante Jesús, a la altura de la Plaza del Peregil, un joven acompañado de un amigo llevaba un capirote bajo el brazo y una bolsa donde quise entrever una túnica de nazareno. No sé de qué cofradía, pero el signo era inequívoco.

Esta misma mañana ya he visto a alguna abuela comprando avíos, porque nuestras madres y abuelas, son previsoras hasta decir basta, para las torrijas y pestiños que tienen en mente hacer conforme se vaya acercando la Semana Santa.

Cuántos niños se acercaron a Jesús, o cuántos iban en el Vía Crucis de la Oración con la algarabía propia de la edad, cuántos saldrán esta noche en el Vía Crucis en la Borriquita… parece que todo está hilado y conformado. Todo se transmite de padres a hijos y que la liturgia se sigue de manera inamovible o con pocos cambios.

No obstante, un detalle a priori sin importancia, me llamó la atención y me puso alerta de que existe otra realidad con la que debemos convivir. Y es que un chico de prácticas que venía conmigo al directo que hicimos en Santiago, apenas 18 años cumplidos, se tapaba insistentemente la cara con el gorro de la sudadera evidentemente sofocado por la neblina provocada por el incienso “No me gustan las iglesias” me espetó. Esto me conmocionó. No sé nada acerca de este chico, ni de su familia ni de su procedencia, no sé si fue bautizado o no. Pero era totalmente ajeno a lo que allí se estaba viviendo, lo miraba todo como si de un marciano se tratara sin entender nada de lo que allí pasaba.

Esto podría pasar por anecdótico pero enfrentado a lo que nos contó Ignacio Flores, director del Observatorio de Piedad Popular, debe ponernos en alerta. Porque la ola de la secularización parece que choca con la tradición popular heredada de siglos, pero los datos están ahí y es indudable que los rociones de esa ola salpican y mojan más de lo que queremos darnos cuenta.