Para el recuerdo… – La crónica de 2013

“Este año sí”, pensaba mientras iba de camino a la capilla como cada año a la misa de palmas. Me levanté cansada, después de una Cuaresma intensa y un Sábado de Pasión de emociones, pero no me importaba en absoluto, era Domingo de Ramos. El simple hecho de pensar que mi Virgen del Rosario saldría me daba fuerzas. Sin saberlo, este domingo que empezaba siguiendo el mismo  esquema de todos los años, no tendría nada de común y, puedo asegurar, que no se me olvidará en la vida.

La misa transcurrió como habitualmente, fue al finalizar donde comenzaba lo extraordinario. Este año escuché al Coro del Rocío desde el altar, en una esquinita, detrás de su blanco manto. Me sabía de memoria aquellas palabras que les dedicaban, pero desde allí se escuchaba diferente. “Por esa cara bonita dos lágrimas van corriendo…”  Desde ahí llegaban más hondo. Versos que consiguieron llenarme los ojos de lágrimas nada más empezar. El remate fue la salve a mi virgen del Rosario, no me atrevía a levantar la vista del suelo, con los ojos empapados. Me fui a casa esperando que pasaran rápido las horas.

El día continuaba, con unos nervios que iban en aumento cuando comenzaba el ritual que cada año quiero empezar antes: calcetines blancos, zapatos negros, túnica, cíngulo anudado a la izquierda, rosario a la derecha, medalla al cuello, capa, guantes blancos y estampitas en el bolsillo. Algo antes de las cuatro salía de casa, poniéndome el antifaz y dirigiéndome a la capilla, siempre por el camino más corto, sin hablar. Junto a mi hermana, nos acercábamos a la capilla, al igual que hacían el resto de hermanos que llevaban sus capas al viento por la brisa que se levantaba. Se notaba en el ambiente las ganas de salir por el bullicio de gente entrando en el patio, la gente ya esperando a que se abrieran las puertas, los músicos en la plaza afinando.. Nada más entrar me fui a la capilla, a verla a ella, con el corazón acelerado por las ganas de decirle que este año sí, que se luciría como sólo ella sabe hacer.

Sin embargo se torció la tarde y comenzaron a caer las primeras gotas del cielo. El peor de mis temores llegó, cuando nos comunicaron que debíamos esperar, que fuésemos pacientes a que el cielo nos diera una tregua. A los últimos tramos de palio nos mandaron al patio de arriba, para que todo el cortejo cupiera en el pórtico. Pero no podía estar quieta, no quería siquiera pensar que se repitiera la situación del año pasado, necesitaba ver la luz entrando por esas bambalinas transparentes, necesitaba escuchar los rosarios dando contra los valares, necesitaba pensar que los abuelos del asilo le cantarían el Ave María al son de la marcha.

Llegada la hora, de nuevo la Junta nos pidió ser pacientes, que esperásemos hasta las 7. Ahí ya no pude contener las lágrimas, mi pesimismo iba en aumento. En esa espera una pequeña personita me dio fuerzas,  una monaguilla que, con sus escasos años, me daba ánimos. Me dijo que no llorara, que íbamos a salir, que me animara. Si ella confiaba ¿por qué yo no iba a hacerlo?

Finalmente, la Junta de Gobierno tras reunirse en Cabildo, anunció que la Hermandad del Rosario realizaría estación de penitencia. La decisión fue aceptada entre aplausos de los Hermanos, aceptando así la decisión y asumiendo los posibles riesgos que eso suponía.

Realizaríamos un camino más corto, dirigiéndonos al Asilo para llenar de Auxilio a los ancianos de la Milagrosa. De nuevo se me llenaron los ojos de lágrimas, y rezamos las oraciones previas a la salida.

Y así fue como comenzó mi estación de penitencia. Se repartieron los cirios, se formaron las filas, sonaron las primeras marchas y comenzaron a salir los capirotes negros por la pequeña puerta del patio que da a la iglesia. Se escuchó el llamador y, al momento, el himno. El Señor ya estaba fuera. Posteriormente les seguimos los nazarenos de palio. Llegó mi momento de pasar por la iglesia y ahí estaba ella, perfumada de incienso,  tan blanca, brillando deslumbrante, acercándose a la puerta. Ahora si me lo creía. Con los nervios aún en el cuerpo, salí de la capilla salesiana a una calle repleta de gente que la esperaba ansiosa.

Pasadas algunas horas, cuando la Virgen iba camino de la Cañá, a la altura de San Joaquín, empezaron a caer gotas y más gotas. Se abrieron los paraguas. Estaba lloviendo. De nuevo vinieron los nervios y las lágrimas: la Virgen se daba la vuelta. Siguió Plazuela arriba camino de la calle Mairena. Los nazarenos del séptimo tramo y algunos del sexto fuimos a acompañar a la Virgen, no la íbamos a dejar sola nunca, ya podía llover todo lo que quisiera.  Pese al momento, no podía creer lo que estaba viendo a través del antifaz: vi mover su trasera, con mimo, vi cómo sus rosarios se mecían a compás. Por primera vez la vi en la calle. Pasé por su lado junto a mis demás hermanos nazarenos para acompañarla en su vuelta a casa.

Por ir de regreso, la cruz de guía se situaba detrás del palio, por lo que el estandarte de la hermandad abrió el cortejo. Otra situación inesperada. Durante mi corta estación de penitencia, volviendo a casa, abrimos unos pocos nazarenos el cortejo siguiendo siempre las indicaciones que nos daban. Pasaban los minutos y mi Domingo de Ramos se iba superando por momentos. Al llegar a la puerta de la capilla y, doy las gracias por ello, pude ver la hermosa petalada que le hicieron a mi Virgen del Rosario. Pétalos de todos los colores que caían del cielo por y para ella. Y ella, mecida por esos valientes que la llevan sobre sus hombros, se movía con la marcha, haciendo el momento aún más único.  No podía dar crédito. ¿De verdad estaba viviendo todo esto? Pero ahí no acababa mi asombro: vi la cruz de guía entrar y a todo el cortejo. Vi entrar a la Reina Salesiana y como la colocaban en su sitio, despacito, como siempre, con el corazón encogío, no queriendo que se arríe nunca. Además, por primera vez, vi entrar al Señor de la Oración, viendo como ese gran olivo que tan buenos recuerdos me traía entraba con dificultad. Llegó orando frente a los hermanos que supieron guardar perfecta compostura ante la adversidad, que supieron hacer verdadera Hermandad no abandonando en ningún momento a sus titulares.

Pese a todo, de lo que finalmente me acordaré será de los momentos. Me acordaré de un Domingo que lleva detrás una Cuaresma de Hermandad en mayúsculas en la que he disfrutado como una niña pequeña y de esas personas que lo han hecho posible, haciéndose además un hueco especial en mi corazón. Me acordaré de un Domingo donde evangelizamos Alcalá con la Oración. Me acordaré de un Domingo de orgullo de Hermandad, de lágrimas y oración de vida.

Recordaré  sus detalles: mi Virgen saliendo de noche con la candelería encendida, recordaré a Oliva y Rosario en la misma calle, recordaré el gesto del Hermano Mayor colocándose el último siendo él quien cerraba el cortejo de nazarenos,  me acordaré de una multitud de alcalareños aplaudiendo cuando se abrieron las puertas de la capilla, y de las calles abarrotadas de gente.

Al final de todo permanecerán los buenos recuerdos, y este 2013 tiene para dar y regalar.

Ana Torreño Salvador
Nazarena de María Santísima del Rosario