María Sánchez – Agosto pincelado de Esperanza

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Dicen que cuando se apagan las luces, se encienden los sueños, pero aún persigo encontrar una claridad donde no hayas sido protagonista de mi locura. Así volvió a acontecer, como sucede con las cosas maravillosas de la vida, que tú de esos menesteres entiendes mucho.

Si cerraba los ojos casi te podía rozar, y es que el tiempo se vuelve caprichoso si de acercarse a ti se refiere. Y sí, me seguía sabiendo a poco aunque te tuviese tan cerca, ya que al final no soy tan diferente al tiempo como pensaba; porque yo también quería llevarte lejos conmigo, escaparme y perder la cabeza, ya que si estaba segura de algo, era que acabarías encontrándome.

Te sentí tan dentro, que en ese momento comprendí que recompusiste las alas que permanecían rotas hasta el instante antes de experimentar cómo te apoderabas de mí en todo mi ser. Allá donde fuese permanecías conmigo, impregnando más que nunca cada rincón por el que pasase, porque ya sabes que este año había que llevar Esperanza al cielo.

Cuando creí comprender todo lo que me estabas regalando, llegaste como una cometa en un día de levante, porque me encontraba contigo cuando menos lo esperaba, y sabes que eso hacía acelerar mi corazón y contribuir a que me lanzase a tus brazos como ola que abraza al mar.

No podía quedarme tu tiempo a cambio de nada, tú lograste retenerme entre la multitud haciendo que mi sonrisa se despojase de dureza y mi dirección permaneciese firme, una vez más acompañada de la mano más risueña y dulce que podías poner en mi camino, porque bien cierto es que los regalos de Dios son semillas.

El minutero no cesaba ni un segundo, y lo que parecía una vaga idea en una mente soñadora, se iba convirtiendo en la más preciosa de las realidades. Cómo imaginar que se abriría el portón que tantos sueños guarda, si aún siquiera había tenido tiempo de perderme en la mirada que días atrás me había dicho tanto.

Entraron los primeros rayos de luz y yo ya no quería que te recogieras, veía ilusión en unos ojos de temprana edad, y súplicas en manos por las que ya habían pasado los años. Pero bien sabes que no podía contemplar más allá del cielo. Cielo, y tú; tú, y cielo. Creo que no habrá nunca una composición más bonita.

Olía a ti, a tu aroma, porque el nardo borda perfumes de Águila Coronada. Olía a la infinita Esperanza de quién te mira buscando refugio bajo tus manos, y también olía a órdenes de contraguía desde el cielo.

Cielo… se apagaron las luces y continuaron los sueños. Y sí, tocaba cruzar la puerta, y una vez más el frente estaba vacío sin ti, pero todos podíamos notar tu presencia.

Sonreías más que nunca, y lo dice quien ha compartido contigo miradas tristes y charlas eternas.

Ahora sí, quedé flotando en mar abierto siendo como un castillo de arena derrumbado por infinitas lágrimas. Si lo pienso, solo recuerdo sentir tus brazos, y los suyos.

Para qué quiero más fortuna, si ha sido un agosto de Esperanza.