La crónica de la Misa de Campaña en honor de la Patrona de Alcalá

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Con la Misa de Campaña finalizan los Cultos de agosto que la Antigua y Real Hermandad de Santa María del Águila Coronada celebra en honor de su venerada Titular y que el pueblo de Alcalá de Guadaíra dedica a su Excelsa Patrona y Alcaldesa Honoraria.

Los fieles acudieron ávidos de Jesús, a participar de la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística, ante la Madre de Dios, pues como decía Pablo VI: “A Jesús por María”. “María es siempre el camino que conduce a Cristo“. Todo el que se ha acercado a María es para terminar en Jesús. No se puede concebir un amor a María, que no germine en un amor a Cristo, ya que Él es el centro de nuestra vida y todo lo demás son medios para acercarnos a Él.

Las Siervas del Hogar de la Madre portan a la Virgen del Águila
Las Siervas del Hogar de la Madre portan a la Virgen del Águila

La Misa fue celebrada por el Rvdo. D. Manuel María Roldán Roses, rector del Santuario y párroco de Santiago el Mayor, acolitado por el “monaguillo oficial” de la parroquia de San Agustín, Julio Espinosa Jiménez. Las Siervas del Hogar de la  Madre portaron en andas a la Virgen del Águila, quedando ante su pueblo en el dintel de la puerta ojival del Santuario.

Allí, a los pies de nuestra Madre Santísima, la Virgen del Águila, la asamblea de fieles vivió una misa sencilla, preciosa, sin la solemnidad, las representaciones del clero y autoridades civiles, propias de la Función Principal, pero de gran profundidad teológica que evidencia la certeza, seguridad y gozo de la Salvación. Los asistentes recibieron una magnífica homilía del Padre Manuel María, sacerdote muy mariano, con una profunda  espiritualidad que, aunque incardinado en la Archidiócesis de Sevilla, pertenece al Instituto Secular de los Sacerdotes Diocesanos de Schoenstatt. El propio Rector de este Instituto Secular, monseñor Dr. Peter Wolf, dice de él que ha asumido mucha de la riqueza espiritual del fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt: el Padre José Kentenich.

La homilía del Padre Manuel María es tan completa y aporta tantas claves fundamentales para los cristianos que merece la pena incluirla aquí literalmente.

Hermandad de Nuestra Señora del Águila Coronada, Siervas del Hogar de la Madre, queridos hermanos todos:

La Liturgia de la Palabra de este domingo tiene diversas dimensiones que debemos tener en cuenta para un buen peregrinar también de nosotros con Jesús, encaminados hacia Jerusalén, nuestra Jerusalén del Cielo, que es nuestra Madre.

En primer lugar, tanto la profecía de Isaías, como el texto del Evangelio que hemos escuchado, subrayan que todos los pueblos, todas las naciones, todas las gentes están llamados a la Salvación. Esta es la primera gran noticia que debe llevarnos a la alegría en este domingo: todos estamos llamados a la Salvación.

Es Dios mismo quien reúne a todos los pueblos para formar uno solo a su alrededor. Dios cumple siempre sus promesas. Incluso en la Primera Lectura se habla de nosotros, en el sentido de que cita a nuestra tierra. Por eso dice que vendrán de todas las naciones y que vendrán también de Tarsis. De Tartessos somos nosotros, y la Palabra de Dios llegó aquí y anidó en nuestros corazones, y nuestra gloria es ser cristianos, que seamos nosotros seguidores de Jesús y sentirnos hijos de su bendita Madre.

La misión de Jesús, y la nuestra como miembros de la Iglesia, como discípulos suyos, será reunir a los hijos de Dios dispersos. La dispersión significa esa desunión que provoca el pecado y la maldad. Por eso nosotros tenemos como misión anunciar esta gran Misericordia de Dios. El Santo Padre ha convocado este año, como Año de la Misericordia, porque la misión principalísima de la Iglesia y de todos los cristianos, como fue la misión principal de Jesús, es anunciar este Año de Gracia, de Redención, en definitiva, ser testigos de la Misericordia de Dios entre los hombres.

Otras de las dimensiones que también debe interesarnos es esta llamada a la responsabilidad personal en orden a la salvación. Por eso cuando a Jesús se le hace esta pregunta: ¿serán muchos los que se salven? Él contesta: esforzaos por entrar por la puerta estrecha.

¿Qué significa entrar por la puerta estrecha? Es una llamada también a la conversión, a ponernos nosotros en camino, a asumir un determinado estilo de vida que debe ser el signo de identidad de los discípulos de Jesús.

La conversión en nuestra vida, no puede ser otro que practicar las obras de MisericordiaD. Manuel María Roldán
Este estilo de vida, esta realidad de la conversión en nuestra vida, no puede ser otro que practicar las obras de Misericordia. Practicar en definitiva la Caridad. Éste es el gran signo, por eso Jesús es muy explícito y dice que muchos le dirán “hemos comido y bebido contigo, tú has enseñado en nuestras plazas” y Él contestará: no os conozco.

¿Qué significa esto? ¿Pero cómo es posible? He venido todos los domingos a Misa, he sido hermano de esta Hermandad y de aquella otra, he venido todos los días a la Novena, sé el Evangelio casi de memoria, conozco toda la doctrina cristiana. Pero Jesús dice: no sé de dónde sois.

“No sé de dónde sois”, ¿por qué? Porque el gran signo identificador es practicar la caridad.

Con esto, por supuesto, no quiero decir que la asistencia a la Eucaristía no tenga un valor. Naturalmente que lo tiene, pero es un premio para nosotros. Es un premio ir al banquete al que Jesús nos convoca.

No quiero decir que escuchar la Palabra, saber la doctrina cristiana, no tenga un valor. Tiene un valor en tanto lo ponemos en obra. Pero el gran signo que le da valor a todo lo anterior es practicar la caridad. Si no somos caritativos, si no somos testigos de la Misericordia Divina, entonces todo lo demás no nos sirve de nada. La Escritura está llena de citas a este respecto. Bástenos la de hoy: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”.

Nosotros no queremos obrar la iniquidad sino la bondad y la misericordia de Dios en nuestra vida para ser invitados a este banquete, para poder entrar a este banquete. Esta imagen del banquete que significa la grandeza incomparable del Reino de Dios. El único ámbito de felicidad plena y verdadera que el hombre puede encontrar, es el Reino de Dios. El único motivo que nos hace a nosotros plenamente humanos, es participar de la naturaleza divina, y esto supone el encuentro con Dios, entrar en su banquete. Quedar excluido de él sería por tanto la desgracia mayor que se puede imaginar. Por eso es evidente que no hay que escatimar esfuerzos personales por entrar a ese banquete que se nos ha preparado, al que somos invitados gratuitamente, sin mérito alguno por nuestra parte. Nuestro esfuerzo será llevar una vida responsable y coherente. También en este sentido de entrar por la puerta estrecha podíamos asumir estas palabras que el autor de la “Carta a los hebreos” nos ha dicho cuando nos ha hablado de “corrección”. Dios mismo nos corrige y lo hace con una solicitud paternal para que nuestra vida en definitiva no se desvíe de sus caminos. Esto significa también entrar por la puerta estrecha, confiar en Dios cuando vemos que nuestra vida también está tachonada de inconvenientes, de contradicciones, de dolores, de sufrimientos, de lo que nosotros llamamos desgracias. Son las pruebas de Dios, pues por medio de estas pruebas Dios nos purifica y hace que se consolide en nosotros nuestra condición de hijos. Por tanto, como nos ha dicho la Carta de los hebreos, mantengámonos firmes y constantes, aun en medio de las dificultades.

Mantenerse firme y constante cuando todo a nuestro alrededor nos sonríe y nosotros llevamos una vida placentera es fácil. Mantenerse firme en las contradicciones y sufrimientos requiere la confianza puesta en Dios, que es nuestro Padre. Entender las dificultades de la vida como una oportunidad ofrecida por Dios mismo y un signo de su amor que nos llama a la conversión, y una fe plena y profunda.

La conclusión por tanto, hermanos, es que en tiempos de dificultad hay que mantenerse más que nunca en la fortaleza sin dejarse vencer por el desánimo y la debilidad. A ello nos enseña, como nadie lo ha hecho, nuestra Madre Santísima. Cuando más creció y se puso a prueba la fe de María fue en medio de las dificultades y de los sufrimientos, de los que Ella no estuvo exenta en su vida. Mantener para Ella la fe, cuando le hablaban de la Gloria del Tabor, era fácil: se cumplían las promesas de la Encarnación. Mantener esa misma confianza en Dios en el Calvario es más difícil. Sin embargo, es ahí cuando María, nuestra Madre, es instituida como nuestra educadora en la fe. Pues pidámosle a Ella, a nuestra Madre Santísima del Águila, que nos mantengamos firmes en la fe, aun en medio de las dificultades. Que la confianza en Dios sea la conducta habitual en todo lo que nos vaya sucediendo. Pidámosle a Ella que nos eduque en entrar por la puerta estrecha, para gozar con Ella, con Jesús, en la mesa del Dios Padre, en el banquete de todos los pueblos en el Reino de los Cielos.

Si bonita fue la Liturgia de la Palabra, más bonita resultó la Liturgia Eucarística. No hay momento más sublime que recibir el Cuerpo de Cristo en presencia de la Virgen del Águila, tan cerca de nosotros, con el Niño Jesús en sus manos, de modo que parece ofrecérnoslo. Aquí cobraba todo su sentido la antífona del Salmo responsorial: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio”.

Finalmente, los asistentes se encomendaron a María, nuestra Madre, nuestra educadora en la fe, cantando “Salve Madre”, de modo que este canto, que fuera el himno oficial del Congreso Mariano Hispano-americano de Sevilla de 1929, retumbara en la bóveda del Cielo.

Y seguidamente, como es tradición, se acaba oficialmente el curso con el devoto Besamanos. A partir de ese momento, miramos ya al nuevo curso, en el que como dijo el sacerdote estemos todos comprometidos con la Obra evangelizadora y de ser testigos de la Misericordia.