Domingo de Ramos 2020 | Pronto nos vemos | Por Ana Torreño

Por Ana Torreño, hermana de la Hermandad del Rosario

Y, de repente, un año más es Domingo de Ramos.

Atrás queda el cansancio, las prisas, las risas, las flores, el sábado del olivo. Papeletas, listados, cirios, altar de insignias. Misa preparatoria el Sábado de Pasión y aquí estamos de nuevo, buscándote.

Como quien estrena la ilusión, arreglada y con la medalla en el bolsillo voy a verte, a pasar la mañana contigo. Pegatinas en la solapa, ofrendas, risas, nervios. Ir y venir de hermanos buscando su nombre en las columnas del patio. Huele cera, a flores, a plata limpia, a reencuentros. Espero el momento de que llegue el coro a cantarte “Por esa cara bonita dos lágrimas van corriendo…”  Ese instante, ¿cuánto vale? Ahora sí me lo creo, es Domingo de Ramos.

El transcurso de tiempo desde que salimos de la capilla hasta que me visto de nazareno avanza más lento que de costumbre, parece que los minutos pesan de dos en dos. Pero siempre llega la ocasión de desmontar el particular altar de mi casa y vestirnos de crema y negro mi hermana y yo para ir a la iglesia. Por el camino más corto, sin hablar con nadie. La emoción de ver ese reguero de nazarenos que van buscando encontrarse con ella.

Y, para mí, llega el mejor momento del día. Después entrar en un patio abarrotado de gente con las mejillas coloradas del calor del sol con el terciopelo, entrar en la capilla y buscarla a Ella. Oscuro, en silencio, dejando atrás el ruido, el caos. Allí dentro, la paz, el consuelo. Sin más luz que dos o tres velas que alumbra su cara, ahí está ella paciente, sencilla, la de siempre, como si sólo estuviésemos ella y yo. Parece que se para el mundo. Y con esa serenidad, rezamos el rosario. Hasta que rompe el silencio los pequeños capirotes negros con varita que serán los primeros en abrir del cortejo. Dan paso a risas y juegos, a la alegría del día que comienza. Se abren las puertas, suenan aplausos y se me hace un nudo en el estómago. Entran los costaleros y comienza a mecerse el Señor. Van desfilando parejas y parejas de nazarenos todos iguales. No tiene precio esa última mirada que dedican al Señor y a la Virgen antes de salir, una última oración y un “luego nos vemos” que se escapa a través del antifaz. Y el privilegio que tenemos de poder vivirlo ahí, de cerca, en un ladito del retablo, junto a ella. Suena el himno, el Señor ya avanza por la Callejuela, salen los penitentes y, de nuevo, pequeños nazarenos que siguen al Señor. De repente todo se acelera.

Una nube de humo inunda la iglesia con la llegada de los acólitos, que se colocan frente a la puerta. Comienzan a aparecer costaleros y, con ellos, la primera levantá. Dedicatorias, palabras que llegan al alma, y el momento de ponernos el antifaz. Se van acabando los nazarenos y nos acercamos al dintel de la puerta. Y todo pasa muy rápido. No importa si hace calor, si está nublado o hace viento. Esos momentos junto a ella pasan en un instante. Revirás, mecidas, los rosarios en los varales. Pétalos, aplausos, saetas. Padre Flores de calor, Plazuela, asilo y, sin darnos cuenta, ya estamos de vuelta en casa. Caras de emoción, satisfacción y alegría. Poco a poco y con mucho cuidado, ya está en casa. Rezamos la salve todos juntos y, entre abrazos y besos, nos susurramos “hasta el año que viene”.

Pero este año no ha venido. No huele a flores, ni a cera, ni a incienso. No huele a la capilla, ni a la plata limpia, ni a túnica recién planchada. No podemos verlos, pero sí rezarles. Nos queda imaginar, como estoy haciendo ahora, uno a uno estos momentos y repetirlos en la memoria, y escuchar la salve de nuestros recuerdos. No hay procesión, pero sí Semana Santa. No habrá este año ningún palio, pero ella estará en el mismo sitio, esperando a que vayas a rendirle esa última mirada y le digas “pronto nos vemos”.