Cómo contarte lo que siento – Crónicas 2011

¿Cómo contarte cómo me siento? ¿Cómo contarte ese día que llevo repitiendo desde que tengo uso de razón? ¿Cómo explicarlo? Si no existen palabras precisas para describirlo…

Te podría dar muchas simples razones: porque me gusta, porque me emociona, por la gran devoción, por lo que significa para mí… Pero hay mucho más detrás de cada detalle.

Es un día en que te levantas sabiendo que, aunque sea como año tras año, no tendrá nada parecido al anterior. Es un día en que sabes que volverás a ir a la misa, para ver la carita temprana de mi virgen del Rosario esperando para pasear por las calles de Alcalá. Es un día en que disfrutas como un niño pequeño, como si fueras a hacer la estación de penitencia por primera vez, como si estrenaras túnica, como si estuvieras ilusionada por repartir las estampitas de tu hermandad. Es un domingo en el que, nada más levantarme, me cuelgo mi medalla, sabiendo que no me la quitaré hasta que me acueste.

Es un día que así, a simple vista, no tiene nada de especial. Es una repetición que sigue siempre el mismo esquema. Es asistir a la misa de Palmas, buscarme en las listas en el patio del colegio antes de la bendición de las ramitas de olivo, escuchar al coro rociero, es ir a San Agustín a ver a los titulares que compartirán día para hacer la estación de penitencia.  Sin embargo, puedes preguntarme, ¿qué tiene de especial hacer lo mismo todos los años?

Pues verás, es el momento de ponerte la túnica, colocarte el cíngulo a la izquierda y el rosario a la derecha y sientes ya un cosquilleo. Es salir a la calle y ver a los hermanos dirigirse a la iglesia, y van ya aumentan los nervios. Es entrar en el patio y ver a los demás, con esa ilusión contenida en los ojos, ese no poder estar, ansiosos por ponerse el antifaz y salir a la calle. Es ese diputado, que te llama a que formes la fila. Son esos costaleros preparándose, esos abrazos de ánimo…

Sin embargo, hay un momento en la aún temprana tarde que te da el verdadero motivo que te incita a hacer la estación de penitencia. Yo entro en la capilla, donde, en silencio, encuentro algunos hermanos que se resisten a no verles antes de salir, y encontrar a mi Virgen allí. Y yo entro, y la busco con la mirada. Y me encuentro extraña, aunque sea ya como mi casa. Y allí está, dudo y, al final, me acerco a Ella. La miro a los ojos y no puedo sostenerle la mirada. Sin embargo, no puedo dejar de mirarle. Mi madre del Rosario, tan guapa como cada mañana cuando iba a visitarte antes de ir al instituto y veía cómo cada día iban montando tu palio. Y ahí está, perfectamente dispuesta a pasearse por el pueblo, a dar consuelo a todo aquel que te lo pide.  Y es en ese momento donde una extraña sensación me invade, acompañada al olor a flores que perfuma su palio, un extraño cosquilleo que, inexplicablemente, me da motivos y fuerzas para acompañarla. Es como si ella me lo pidiera. Y me dirijo al patio, a reunirme con los demás, a compartir la espera. Las piernas me tiemblan, el puso extrañamente se acelera, cuando el hermano mayor pronuncia la oración preparatoria, me tiembla la voz al rezar el Padre Nuestro. Pero es el ver que comienzan a salir los primeros tramos de Cristo cuando ya no puedes aguantar.

Ya llega mi turno, ya voy de camino a la calle. Y en ese camino, paso de nuevo por la iglesia, y lo veo todo dispuesto, la veo de nuevo a ella, tras el manto de humo de incienso. La veo moverse, preparándose para la salida. Y escucho el mejor sonido de mi Semana Santa, sus rosarios tintineando contra los varales. Y es aquí donde comienza mi estación de penitencia que, como todos los años –y gracias a Dios– va acompañada del típico comentario: ¡Qué calor vamos a pasar por Padre Flores!

Y, efectivamente, el calor es insoportable con el antifaz de terciopelo negro, pero merece la pena, al echar la vista atrás y contemplar cómo las bambalinas de maya del palio deja entrar la luz que se refleja en su cara. Merece la pena al ver cómo brillan sus rosarios, como se mece con la sensibilidad que sólo sus costaleros saben. 

Merece la pena el verla bajar por la cuesta que lleva su nombre, cómo llega a la Plazuela, como saluda a los ancianos en la asilo.

Aunque, tengo que decir, que nunca la he visto pasar, no cambiaría por nada verla a través del antifaz. No sé cómo sería un Domingo de Ramos sin acompañarla con mi cirio, donde año tras año espero ir avanzando de tramo, para poder estar más cerca de ella.

Progresivamente, esa emoción y  alegría va desapareciendo cuando pisamos de nuevo la Calle Mairena. Vamos de vuelta a casa y parece que ha pasado sólo un rato cuando salía por la puerta por la que los costaleros, con mucho cuidado, se disponen a devolverla a su capilla. Tras la petalada en la callejuela del Carmen, llega el silencio y, también la angustia. El gran esfuerzo que hacen  los costaleros por esa pequeña puerta, donde parece que las campanitas de los varales rozan en el dintel. Ver el amor y el mimo con el que la cuidan.  Es el último esfuerzo, la última mecida. Y ya está dentro. Entre lágrimas de hermanos, su capataz, el ‘Confi’ grita su típico “¡Ahí queó!”, con el que da fin a la estación de penitencia de este año 2011.

Y sin embargo te diría: Vívelo tú mismo, y ya me contarás…

Ana Torreño Salvador
Nazarena de María Santísima del Rosario